Son como una pared parlanchina. Se ponen enfrente y no importa que ya se le haya dicho "no, gracias" a alguno de ellos; el siguiente repite la misma pregunta y luego lo hace el próximo y el próximo y el próximo.

"Señor ¿un taxi?", "¿taxi, señor?", "¿taxi?" y así hasta el cansancio, el enojo o hasta que uno haya logrado dejarlos atrás. La insistencia de los taxistas del aeropuerto es inverosímil y no es precisamente la mejor manera de darles la bienvenida a quienes acaban de aterrizar en Tucumán.

Aclaración: está muy bien que en el aeropuerto haya taxis y remises que conecten a los pasajeros con la ciudad, y cuanta mayor sea la oferta, mucho mejor, porque los precios serán competitivos y más personas tendrán la posibilidad de trabajar.

Lo irritante, lo incomprensible, lo indignante, es la manera en que atosigan al recién llegado, la evidente competencia que se entabla entre los distintos grupos de choferes, el desorden con el que aturden en el hall y la escandalosa inacción de los que tienen la autoridad para ordenar la situación (Aeropuertos Argentina 2000, la Administración Nacional de Aviación Civil y la Policía de Seguridad Aeroportuaria son responsables de distintas áreas del Benjamín Matienzo).

No hay que irse muy lejos para encontrar ejemplos totalmente diferentes: Jujuy, Salta y el mismísimo Aeroparque, en Buenos Aires -ni hablar de Heathrow, en Londres; del Charles de Gaulle, en París, o del Leonardo Da Vinci, en Roma-.

Lo peor de todo es que la "malvenida" que prodigan los taxistas no es la única sorpresa dudosa que ataja a los viajeros que llegan a Tucumán. En el camino los esperan varias más: la cola interminable para salir a la ruta (por las demoras para cobrar el estacionamiento), los basurales que rodean el Salí, la miseria de la periferia, la inseguridad de la ciudad…